Por fín llegó mi compañero de tripulación, que ya me había acompañado al principio de ese mismo verano, cuando llevábamos el barco desde Bilbao hasta Ibiza. Por lo tanto se lo conocía bien y además era un buen tripulante: trabajador, hábil con las herramientas y de plena confianza para las guardias nocturnas.

Largamos amarras desde el puerto de Bayona una mañana de primeros de septiembre con poco viento y algo de niebla, algo normal en esa época del año en Galicia. Navegamos sin novedad a motor durante día y medio, aproximadamente, y por fín, de noche aún, doblamos la Estaca de Bares también con poco viento. A veces entraba algo de brisa del norte que nos ayudaba al motor, pero no hubo viento para haber navegado solamente a vela.

Decidimos hacer una breve parada en el puerto de Cudillero, que ninguno de los dos conocíamos. La idea era llegar por la mañana, y pasar el día amarrados, aprovechando para estirar un poco las piernas y comer en alguno de sus restaurantes. De vez en cuando se agradece pisar tierra, como los bueyes, y comer algo bien preparado que no sea la comida habitual del barco.

Sobre las ocho y media de la mañana estábamos finalizando la maniobra de atraque al muelle pesquero de Cudillero, en la nueva dársena, ya que aún no había pantalanes y lo único que se nos ofrecían eran unas pocas boyas, pero con el auxiliar desinflado no apetecía tener que ponerlo en disposición de transportarnos. Llevábamos un rato atracados, arranchando la cubierta, cuando comenzamos a notar bastante viento en los eucaliptos del montecito que hay sobre el puerto. Pensamos que quizás era algo de terral tardío que entraba por allí, pero que equivocados estábamos. Al de un tiempo comenzamos a notar viento muy fuerte del mar y poco a poco observamos que las olas en la bocana del puerto cada vez eran más grandes. Aquello comenzaba a ponerse feo, y si no amainaba, ni pensar en salir ese día del puerto. Dimos un pequeño paseo por las cercanías del barco, ya que no queríamos dejarlo solo por si habia que reforzar las amarras o bien colocar alguna defensa más al costado. Habíamos amarrado por babor al muelle.

Al de un rato, estando a bordo, se acercó al muelle un pescador que dijo que era de la cofradía de pescadores de allí. No vino a curiosear, sino a decirnos que allí no podíamos permanecer amarrados ya que era un muelle pesquero y si queríamos estar dentro del puerto (vaya cuestión…) teníamos que amarrarnos a una de las boyas. Con la resaca que se había ido formando allí, ni pensar en irnos a una de las boyas. Aparte el riesgo de que el muerto no fuera suficientemente sólido, con la mar que arbolaba fuera del puerto, podríamos correr el riesgo de que si se soltaba el barco, sufriéramos un grave accidente, incluso con riesgo de hundimiento. Con buenas maneras le convencimos o  bien le debimos de dar pena, no sé. Era la clásica persona que va perdonando la vida, pero en ese momento era mejor estar a buenas con él. De hecho, más tarde se acercó otro pescador que nos dijo que no le hiciéramos ni caso al anterior, y que nos quedáramos allí tranquilamente hasta que amainara el temporal.

Me acerqué a una cabina y llamé a mi casa en Bilbao para que estuvieran tranquilos, aunque allí ni siquiera había entrado viento ni mar. Probablemente solo afectó al Cantábrico occidental, no al oriental. Pensamos, además, que pronto amainaría y podríamos largar amarras. Pues no, no amainó ese día, ni al siguiente, ni al otro. Tuvimos que permanecer amarrados al muelle durante 3 días enteros. Por lo menos, una vez reforzadas las amarras, no tuvimos ningún problema con el barco. Es cierto que a veces, de noche, nos levantábamos de la litera al escuchar algún estrincón más fuerte que otro, pero no partió ninguna amarra y las defensas tampoco reventaron, lo cual no hubiera sido extraño debido a la resaca que hacía trabajar constantemente a ambos elementos de maniobra.

Durante nuestra estancia en el puerto, lo conocimos a fondo y subimos sus empinadas calles hacia la parte alta. Allí pudimos hacer unas fotos fantásticas del temporal que había fuera, ya que había una vista excelente de toda la costa. También pudimos degustar un bonito y unos jibiones encebollados riquísimos en uno de sus restaurantes. A eso habíamos venido, ¿no?, a descansar del barco y a comer en tierra, aunque si nos hubieran dicho que tendríamos que estar amarrados allí durante 3 días, probablemente nos lo hubiéramos pensado. No obstante, también nos imaginábamos que nos hubiera cogido el temporal fuera. Al ser viento del NW, hubieramos corrido el temporal, y si era cierto que más hacia el este no había tanto viento, no creo que hubiéramos tenido mayor problema, aunque nunca se sabe.

Al final del tercer día comenzó a amainar el viento y decidimos partir a la mañana siguiente, si la mar nos lo permitía. Efectivamente, al día siguiente calmó el temporal y pudimos largar amarras, aunque aún quedaba una mar de fondo bastante impresionante, que a lo largo del día fue transformándose poco a poco en fuerte marejada. Pudimos hacer la travesía hasta Bilbao sin ninguna incidencia más.

Como conclusión, quiero reseñar un aspecto que ya comenté anteriormente, y es que en aquella época no se radiaban los partes meteorológicos costeros por el Vhf con la frecuencia actual, y por tanto, salvo que tuvieras una emisora BLU o bien un receptor de faxes meteorológicos, para la navegación costera tenías que informarte prácticamente a través de los partes que colgaban en las capitanías de los puertos deportivos, en las cofradías de pescadores o incluso en los partes del tiempo de los telediarios… Hoy en día con un simple “smart-phone” puedes acceder a un gran número de páginas meteorológicas que proporcionan partes actualizados y muy fiables.