Un destello….,dos más….. y vuelta a comenzar. En total 16 segundos. ¡Por fín!, ahí estaba el faro que delimitaba al Este la ensenada que llevaban buscando desde hacía 2 horas. El faro tenía un alcance de 22 millas pero había sido imposible encontrarlo antes debido a los fuertes chubascos que azotaban la costa ese día. Como demoraba al 135º, habría que dejarse caer unos grados a babor, pero eso no era inconveniente porque solamente había que largar las escotas. Pedro respiró a fondo y fue liberandose de la tensión acumulada durante las últimas horas. Además soñaba con la cena de Navidad que le tendrían preparada en su casa en esa noche tan especial.

Habían largado amarras hacía tres días, rumbo Sur, ya que el puerto de destino prácticamente se encontraba al 180º de rumbo verdadero y iba a ser una navegación “descolgándose” por el meridiano de los 3ºW. Eran 360 millas aproximadamente, que si no se complicaban las cosas les llevaría 3 días de travesía o menos. Todo dependería del viento, ya que el motor del viejo S&S no estaba en su mejor momento. La bomba de refrigeración les había dado problemas desde que habían zarpado y no era cuestión de forzar la máquina. Era mejor reservarlo para las maniobras de desatraque y de atraque. Como mucho podrían arrancarlo durante un tiempo limitado al día para cargar las baterías, sobre todo de noche, que era cuando más energía consumían debido a las luces de navegación. Aún no existían las lámparas de “Led”, como hoy en día, y el consumo de energía se disparaba. También ocurría que estaban en los días más cortos del año y eso suponía navegar prácticamente todo el día con las luces de situación encendidas. Las pobres baterías necesitaban ya una sustitución. ¡El presupuesto no daba para todo!

La primera singladura había sido tranquila, teniendo en cuenta que estaban a finales de diciembre y era una época de duros temporales en el golfo. El parte consultado daba una previsión de vientos flojos del este, y por ello habían navegado despacio, a unos tres nudos de media, con el viento de través. Hacía mucho frío debido al viento continental y eso les hacía ir forrados con más capas de ropa que una cebolla. Se acercaba poco a poco una borrasca desde el oeste, pero no les preocupaba demasiado puesto que el centro de la misma estaba más al norte, y cuando les llegase el frente frío de la misma les cogería el viento por la aleta, así que perfecto. Lo malo es que tendrían que ceñir previamente el viento sur que les entraría con el frente cálido. Lo bueno es que subiría un poco la temperatura ya que durante el primer día el termómetro no había subido de los 8º centigrados.

El segundo día, de madrugada, y después de una encalmada de dos horas, comenzó a entrarles el viento del sur, lo cual les hizo salirse del rumbo directo y les obligó a ceñir, arrumbando hacia el oeste-suroeste. Preferían hacer aquel rumbo y ganar barlovento, ya que cuando fuese rolando el viento hacia el oeste virarían y podrían hacer rumbo directo hacia la bahía. Pedro llevaba la navegación y apuntaba meticulosamente todos los datos en el cuaderno de bitácora. Desde que habían salido, había podido obtener un par de situaciónes fiables, ya que no existiendo aún el Gps, como en la actualidad, había que tirar del sextante y de la estima. Al mediodía había medido la altura del sol con la meridiana y al atardecer había bajado tres estrellas, que le habían situado 1,5 millas más al oeste de la posición estimada. No era un error excesivo pero probablemente había sido debido a que la corriente tenía algo más de intensidad de la prevista. Sí que había tenido en cuenta el abatimiento producido por el viento, aunque era prácticamente imposible calcularlo con exactitud.

Lo malo era que por efecto del frente cálido, el cielo se había cubierto y si no podía observar algún astro al día siguiente y obtener una buena posición, se les complicaría la recalada. La bahía donde iban a entrar era compleja. Tenían que recalar justamente en la boya de aguas navegables que marcaba la entrada al canal, ya que tanto al este como al oeste, estaba infestada de bajos traicioneros que ya habían rascado la obra viva de más de un barco, cuando no lo habían hecho naufragar del todo. La descripción que hacía el derrotero de aquel tramo de costa, no era lo que se dice precisamente alegre: “Es una costa peligrosa, con pocos refugios, y puertos obstruidos por barras de arena o piedra, los cuales tiene que abordar el navegante conduciendo su nave a través de peligrosas rompientes…” 

Durante esa noche, el viento fue rolando poco a poco hacia el oeste, lo cual les hizo salirse bastante del rumbo, pero no importaba porque enseguida entraría el viento del noroeste y les empujaría con el viento por la aleta. Efectivamente, a eso de las 4 de la madrugada, y después de una breve encalmada, el viento roló y vino acompañado de fuertes chubascos de viento, lluvia y hasta algo de granizo. Antes de trasluchar las velas, habían cambiado el génova pesado por el número 3, ya que no sabían exactamente con que intensidad iba a soplar el viento, y siendo de noche más valía ser prevenidos. No rizaron la mayor puesto que era un barco que aguantaba bien el trapo y viniendo el viento por la aleta no escorarían demasiado.

A Pedro le asaltó la duda que siempre le ronda la cabeza al patrón o capitán de cualquier barco: ¿habría calculado bien la estima? ¿recalarían a barlovento o a sotavento de la bahía? Una recalada a sotavento les obligaría a cazar velas y a ceñir, lo cual con ese viento y esa mar no era muy agradable. Soplaba un alegre fuerza 6, con fuerte marejada y Pedro comulgaba con un viejo dicho marinero: “Ceñir no es de caballeros”.

Cuando estaban al alcance teórico del faro, 22 millas, pusieron atención en buscarlo ya que les daría la demora correcta para poder encontrar con posterioridad la boya que debería de marcarles el inicio del canal de entrada al puerto. No obstante, aún las nubes eran bajas y la lluvia obscurecía la costa. Tendría que demorar, según sus cálculos, al 170º aproximadamente. Pero al no tener una situación exacta desde hacía horas, no podrían saberlo hasta ver los destellos. Iban rápidos, a 8 nudos y con puntas de 10, con lo cual, en tres horas escasas estarían encima de la costa. Pedro recordaba un libro de Joseph Conrad donde relataba que un capitán con el que había navegado, cuando se acercaba la recalada, se metía en su camarote con una botella… Se ve que a ese capitán le superaba el miedo a empotrarse en las rocas y prefería dejar esa responsabilidad en el primer oficial. Sonrió para sus adentros al imaginarse la escena, pero un ligero escalofrío en su interior le recordaba que un error de estima en su posición les podría poner en un apuro. Todos los que estaban en cubierta se frotaban las manos con rapidez, para intentar calentarse. Las calorias del caldo caliente que habían preparado antes de salir de guardia, hacía tiempo que las habían consumido debido al intenso frío.

Por fín, cuando comenzaba a amanecer, entre chubasco y chubasco, se avistaron unas luces en la costa. Debían de ser las de una población cercana al cabo que buscaban. Pedro escudriñaba bien hacia la proa del barco y finalmente, después de unos minutos de incertidumbre, avistaron el faro ligeramente por babor. También divisaron los picos nevados de las montañas que se alzaban por detrás de la línea de costa. ¡Bien!, ya podían fijar el nuevo rumbo. Además comenzaba a aclarar el tiempo, el barómetro había subido desde la última anotación en el cuaderno de bitácora y comenzaba a bajar la temperatura de nuevo. Eso era el signo inequívoco de que el frente frío estaba pasando y comenzaba a introducirse el anticiclón.

Aproximadamente una hora más tarde, divisaron la boya de recalada que daba un destello largo cada 10 segundos y arrumbaron hacia ella. Una vez más,  Pedro tuvo la satisfacción de haber llevado su barco hasta el puerto sin haber cometido un error importante en la navegación.